viernes, noviembre 13

Anécdotas de Gorda (llegó el verano, la puta que te parió)


Me como un pancho y pienso que mi ocupación favorita, la de imaginarme cosas imposibles, me trae demasiada ansiedad.

Después de leer aquel libro que me prestó Malú, me hago la que reconozco una cantidad de cosas imposibles de combatir, como cuándo como por nervios, cuándo como por ansiedad, cuándo como por hambre real (casi nunca.)

Odio estar tan adentro del promedio: quisiera ser una anoréxica convencida, de esas que no te comen nada, que tienen la fuerza de voluntad arraigada en la conducta, o bulímica, pero, Dios, por qué me diste este cerebro enroscado que nada más funciona clasificando y catalogando todo lo que quiere conocer? (las bulímicas están dentro del grupo “gente patética que no está en control de sí misma, y encima vomitan las hijas de puta”. Las anoréxicas, dentro del grupo “gente que por su estructura mental en general neurótica me cae bien pero a la larga son hinchapelotas y/o locas y/o débiles de mierda.” Dentro de este último grupo entran algunos drogadictos no-psicópatas.

Paso por delante de un grupo de obreros, sindicalistas, o algo similar, y me miran entre babosos y espantados. Esa chica con ropa de diseño, con el pelo casi largísimo y brillante, es linda o fea? No lo saben. En todo caso lo habrán decidido cuando yo me haya ido. Abren la boca, se les escapa un gesto de la cara que a mí me parece inmundo, como sacando un poco la lengua, Dios qué miedo les tengo, qué tipos más horribles, pero no dicen nada. Se quedan quietos mirando y siguen sin saber.

Siento que peso 250 kg. Seguro se están riendo. Llevo un pancho en la mano, una coca en la otra, la cartera hija de puta se me cae del hombro, está abierta. Tengo ganas de llorar. Seguro me voy a tropezar adelante de todos. Se me va a ver la panza. Se me va a romper el pantalón. Se van a cagar de la risa, tengo los ojos llenos de lágrimas y estoy a punto de desmayarme y a una cuadra de la oficina. Van a salir los pajeros de Seguridad a ver que pasó y todo Itamaraty va a comentar que la Gorda, esa Gorda irrespetuosa que corrige textos y le sonríe a todos como una pelotuda, demasiado confianzuda –otra no le queda- se cayó arriba de un pancho en la puerta del puesto de Buenos Aires delante de todos, y que tuvieron que salir a ayudarla –porque sola, con ese culo, no se puede levantar.

Estoy sentada sola, al sol, mientras mis compañeritos de la colonia de la UOCRA (a la que mi papá me manda este verano porque es el director) juegan esas carreras de relevo o postas, que a mí me resultan agotadoras. Tengo seis años y parezco de 12, soy enorme, alta, dientuda, negra, gorda. (La profesora no me obliga a nada porque soy la hija del director, que por estos años se va perfilando como el más capo en Teoría del Juego de América Latina. En los 90, ingenuamente escribirá para la Ley de Educación de Menem y una Asamblea Docente de Rosario lo desafiará a varios debates en los que les cierra la boca a todos.)

Goyo pasa jugando al fútbol por al lado mío. Mierda, pienso. Me sorprendió mientras gesticulaba raro, porque me gusta jugar a que tengo aparatos en los dientes y que no me sale hablar bien. Es un juego para jugar sola.

Es la hora de la siesta, marzo, todavía no empezaron las clases. Mi abuela toma mate en la puerta de este lindo chalecito en la esquina de Cerrito y Victorica, en Bernal. Mi tía no está, mi primo todavía está vivo pero tampoco está. Yo teóricamente duermo en la cama gigante de mi abuela, hundida en el medio porque duerme sola rodeada de fotos de mi abuelo muerto. Mi papá toma la comunión en un retrato en el pasillo. Tengo ocho años y creo que es la peor edad. Este año me pusieron zapatos ortopédicos porque estoy gorda y se me están desviando las piernas para adentro. Yo me siento acompañada, porque a mi hermano –que es flaquísimo- también se los recetaron, pero por chueco, como si hubiera andado a caballo toda la vida. En el invierno voy a escribir un pequeño ensayo sobre “La psicomotricidad en los niños de ocho años”, según cuentan en algunas reuniones familiares de ahora.

Me levanto despacio y escucho que mi abuela conversa con alguien. La quiero mucho a mi abuela, porque ella me entiende. Y me entiende a un nivel infantil, o sea, me entiende. (No como los otros adultos, que me explican veinte veces que voy a estar bien, que no me preocupe, que voy a pegar el estirón, que es fácil hacer “régimen”.) Mi abuela me entiende porque sabe que estoy mal y sabe cómo solucionarlo: me da toda la comida que yo quiero, y ella come conmigo, y me cuenta de cuando era chiquita, y cómo mi abuelo le propuso casamiento en un baile de Racing, y cómo su mamá francesa y cocinera de profesión decoraba frutillas y cortaba pomelos con diferentes formas, y ella lo hace para mí, un pomelo enorme con puntas, lleno de azúcar, una frutilla metida en el medio de la que salen ramitas de un pino pequeño que ella cortó sabiendo que yo venía.

A la tarde, mi tía le cuenta a mi papá que me comí siete tomates durante la siesta. Se ríen. Es mentira, odio el tomate, y lo seguiré odiando de grande. Jamás comería tomate. No me creen. Mi tía repetirá la historia de los tomates muchas veces más adelante de mucha gente los años venideros.

viernes, octubre 23

Vamos a estar con todos los datos del tiempo.


Mi poesia empieza con truenos

Como mi canción favorita

Como el día de hoy

Después viene un gusto amargo

Como una despedida

Como algunas certezas

(Se escuchan melodías como en las películas

como en las novelas, pero superpuestas)

Y todo se pierde entre tanto sentido

Como este día acaso este momento

Como alguna canción que es una despedida

con una tormenta de malos recuerdos

Es todo un invento y no sé cómo termina

Era una poesía que empezó en un trueno

Como yo creía, como vos querías

Era indefinido, parecía cierto

Si me hubieras visto caminando

sonriendo mientras lloraba,

con un arcoiris de nada más naranjas en la boca.

En la madrugada luminosa,

mi tristeza eléctrica molestaba en la calle.

Todas mis venganzas pequeñas,

son cuatro grandes tangos arquetípicos.

El resto, es música del mundo.

A veces, me impresiona la distancia;

otras, los vacíos camuflados que hay por ahí.

miércoles, octubre 14

Viento


Viento viento viento viento y yo tentada para abrirme poco. Vos estás ahí, difuso, incierto. Me muevo dos días o diez pasos o cualquier tiempo en la cuadrícula estricta por tu culpa de esta mierda sin nombre y te veo: te reís, te parezco increíble, casi ni te movés, se diría que tenés miedo de perder algo.

En esos días, eras capaz de todo. Te estirabas en el cielo nada más para mirarme y cada momento lo guardabas como se guardan los días, con fechas propiamente dichas, con otros recuerdos pegados, con los olores y las personas alrededor, con las reacciones pertinentes al estímulo. Cada cosa con su palabra, y cada palabra con cada cosa. Cada risa con su caricia, cada silencio con su silencio inmediatamente posterior, cada rencor con la bobería del caso, por ejemplo: nada, una puntada en el entrecejo o debajo del pecho, o el sol que me encandiló de golpe, o qué triste ese niño muriendo de hambre en esta esquina o sencillamente la evasión clara y descarada.

Pero viento viento viento y atisbo de verdad, y de nuevo nube de ideas que no dicen nada, tuyas por supuesto porque las mías, mis ideas, siempre dicen cosas importantes y nuevas; vos sos el que se empeña en decir todo el color con cuatro o cinco frases que te gustan, y por eso terminás pintando así tan bien, y por eso debe ser que a veces creo que tener los pies sobre la tierra es lo más deseable.

Y al final, viento viento viento, vos al reparo, yo soplando dramatismo exagerada, vos quietito tapadito desde adentro, yo recrudecida subida a la montaña, con la piel de estaño de cuero y mermelada, con el pelo largo envuelto en una ráfaga, te quise hacer entender, pero: no puedo.

jueves, octubre 1

Los "lindos-monguis" fuera de (mi) órbita.


Cuando yo era una niña creída e irrespetuosa, tipo 14 años, no me daban bola los típicos linditos que a todas les gustaban. Yo tampoco les prestaba atención.

¿Cómo alguien como yo, podría fijarse en un tarjetero de Elsieland, cuyo apodo era “Chómpiras”, y que, como todo adolescente, olía a una mezcla horrible de desodorante Axe y chivo de estación?

Lo cierto es que el Chómpiras las tenía muertas a todas, y era una especie de estrella inalcanzable que no hablaba con nadie, o por lo menos con ninguna de las “normales”, sólo con las “lindas lindas posta” que en general eran “putas putas posta” y que casi siempre tenían realidades familiares llamativas, como madres operadas y medio gatos, o padres ausentes -¡sí! La del padre ausente era la típica.

Nunca pude entablar, durante mi adolescencia, un diálogo fluído con esa clase de pibes. Ni siquiera pude ser nunca la amiga gorda. No hablábamos el mismo idioma, no me caían bien ni yo a ellos, o tal vez no nos registrábamos, no nos existíamos.

(Por supuesto que hoy en día, toda esa sarta de mocosos del oeste de Quilmes cuya vida nocturna había comenzado a sus 13, 14 años, allá por los ´90, hoy son grandes boludos que se visten como Hernán Caire y se juntan a jugar al pool en esos barcitos deprimentes de Avenida Calchaquí… todos tienen Facebook, ninguno tiene Twitter.)

Cuando crecí, me hice menos selectiva –mi nivel de intolerancia, no obstante, aumentó al mismo tiempo que mis obligaciones- y comencé muy de a poco, a acercarme a los “lindos”, o ellos a mí.

Descubrí que el 90% son idiotas, pero esa condición les viene dada, en la mayoría de los casos, por ser hombres, y no por ser lindos. Y descubrí que para poder levantarme a uno de esos lindos - monguis, tengo que trabajar y pensar bastante, y que el vínculo expira rápido. Tengo que pensar chistes ingeniosos (pero no demasiado complejos) para que puedan entenderme. Tengo que ser un poquito vulgar, un poquito sutil, un poquito descerebrada, tengo que ser la mujer ideal, para que me digan esto:

-Jajajajajajaja sos grossa!

Y yo respondo, en el mismo tono:

-ajajja viste lo que soy :P

Y de repente me convierto en interesante para ellos, no por linda claro está, sino por ser una tontita que los puede hacer reír.

O tengo que ver Caiga Quien Caiga en You Tube porque después ellos me hablan de eso, porque les gusta CQC, “nada que ver con Tinelli”, me dicen, y yo me cago de risa frente al monitor. Algunos le tomaron el gusto a lo peor de Capusotto, no me puedo quejar.

Entonces ahí me invitan a ver a su banda, y yo digo que voy, y después no voy. Pero no les puedo decir que: me quedé leyendo un Le Monde del año 2001 (¡mirá si se piensa que es un auto!) hasta las 3 am y después me fui a dormir porque me gusta ir al río los fines de semana. O voy, y le saco fotos, y después lo halago mucho mucho hasta que pierda la conciencia de sí mismo y… y después, como dijo Marx, todo lo sólido se disuelve en el aire.

Lo que los hombres valoran, además de un buen orto, es que el carácter de una mujer sea agradable y buena onda. Atrás de esa “buena onda” están: que sea compañera que sonría que no sea demasiado trola que no sea conventillera que no arme bardo que no haga chistes de humor negro que no compita que entregue fácil y muchas cosas más.

Por todo lo expuesto, podrán inferir, y si no les cuento, que ante semejante descripción, yo sería una especie de Gollum indignado con un ataque de feminismo. Por eso, por eso la puta madre, me cuestan tanto los lindos, porque insisten en encasillarme –y es mi culpa, por fingirlo- en el papel de “bagartito comestible buena onda” –finjo la buena onda, lo otro es subjetivo.

Y sé por qué todo lo sólido se disuelve en el aire después de: me aburre tener una charla de msn sin ironiítas, me aburre hacerme la que me interesa tu abuela enferma y postrada, me aburre la historia del nombre de ese perro horrible que tenés, al que le encajaría una patada en el orto con muchas ganas, me aburre, ME ABURRE MUCHO, escuchar tus reflexiones sobre la “realidad social” –si volvés a usar esa expresión te pateo los huevos, pedazo de mierda- me aburre tu relato sobre tu viaje de mochilero a Tandil, todo eso me cansa, pelotudito.

Nada más no me canso de mirarte, porque tu carita linda y babosona, eso sí, no se disuelve.

martes, septiembre 22

hhhhf


Paseo por los blogs más respetados de las mujeres inteligentes que están de moda y los leo con total atención, a punto de largarme a llorar.

Todas las minas, todas, tienen problemas para encontrar un macho.

Cada una, según su estilo, lo define diferente: posteando letras de Morrisey, escribiendo cool –con mucho punto, mucho corte- otras con una ironía sutil que, por estar dirigida a un hombre, o a los hombres en general, pierde desde el principio su componente exquisito.

-Yo debería estar escribiendo así- me digo, y me agrego que debería incluso estar estudiando mucho más, que debería estar traduciendo las pruebas que me mandaron y tratando de conseguir una puta factura B, que debería dejarme de joder y empezar a comprar ropa de abogada (“cinco trajes”, dijo mamá con su pragmatismo virginiano, “cinco pares de medias de vestir”, “un par de botas largas, un par de botas cortas, guillerminas negras, guillerminas hueso, las rojas tirálas, cinco camisitas”.)

Un conjunto diferente para cada día de la semana. Y una cartera grande oscura que combine con todo, “tal vez de cuero, sin tachas ni ridiculeces” dijo mamá, y basta de esta mochila Kappa amarilla y negra, llena de apuntes, manchada de lapicera verde con brillitos, con bolsillos y papeles viejos por todos lados, con agendas –sí, varias- que por sí solas no significan nada pero todas juntas forman mi mundo. (Pienso como último recurso de mi rebeldía mental pelotuda que Esteban es abogado, y uno bien peleador, y jamás se viste de; es más, se tuvo que hacer el carnet para que lo dejaran pasar a las audiencias.)

Pero la verdad es que hoy quiero esconderme. Si fuera posible, quisiera bajo el agua, acá nomás en el río, y quedarme ahí quietita hasta que sea de noche, sumergida en el agua oscura, la presión en los oídos, yo flotaría y no me sentiría.

Quisiera que me hubieran exigido más fácil, o que por lo menos nos exijan difícil a todos.

Y quisiera mucho que me dejaran de doler mis labios, que están todos cortados. Quisiera sacarme de encima este síndrome de cachivache crónico que me pesa desde hace tanto y a veces no me deja respirar, se ríe de mí en el espejo.

No sé a dónde iba con esto.

jueves, septiembre 10

4 dias faz tempo.


Esse meu amor nasceu no carnaval, mas esse meu amor não é samba que acaba, nem bloco que passa, não foi ensaiado, mesmo assim vou fazê-lo dançar. (Esse meu amor cresceu nessa tarde e logo depois fechou meu verão).

Esse meu amor veio de longe, mudou de forma, criou uma língua, foi morar comigo, não dá pra esquecer.

É carnaval atravessando a cidade, é música habitando nas folhas das árvores, pode ser mentira, pode ser verdade, vou ouvir, deixá-lo-ei rolar.

Esse meu amor acorda bem tarde, (boêmio malandro tá sempre com sono), ele é carnaval em meio à escuridão; esse meu amor tem muitas saudades, que canta sorrindo sentado no chão.

Amor que acredita que fala bonito, que sabe mentir, é um amor safado, com jeito de rua, é muito capoeira, eu quero curtir.

Boca de castanha, espírito antigo, carnaval sem terça, sempre carnaval: vou me demorar no canto do mistério, e só vou sair quando ele mandar.

martes, septiembre 1

El mal camino da buenos besos.


Alguna vez me tenía que pasar: agarré el mal camino, y está muy bien.

El razonamiento sería el siguiente: si con todos los “políticamente correctos” –esto es: los que decían que me amaban; que yo era la única; que hablaban de mí con sus terapeutas; los que se ponían celosos; los que me decían “mi amor”, y demás paparruchadas de novios- me fue tan como el orto, por qué no permanecer (ojo, no digo “estar”, porque “estar” es aburrido, yo quiero “permanecer”, si quiero. Y si no quiero, y si no quiere, volar, me, nos.) Por qué no permanecer, decía, un rato, unos días, no sé, mucho, poco, con uno que no tenga ni sea ni diga ni haga todo eso.

El sábado vinieron, a recargar energía, a conversar, a comer, a tomar, las Dos. Ellas son mis mejores amigas, casi hermanas pero sin vergüenza.

Conversa va conversa viene, resulta que Una agarró el mal camino también. Y se siente muy a gusto, como yo.

Qué tiene de bueno un hombre que ya está curtiendo otra historieta/historia. (Pregunta.)

En principio, nada.

Nada bueno que los otros hombres –los “libres”, los que te hacen imaginar futuros que nunca se cumplen, los que se angustian por todo y te reclaman, esos- no tengan. O en todo caso, tienen todo lo malo que un hombre puede tener.

De las conclusiones que sacamos, tiradas en la cama, fumando, muertas de sueño, con Una, como a las cinco de la mañana de ese ya-domingo que nos puso de buen humor por su calor, la más importante fue que nosotras no preguntaremos. Nosotras sólo seremos sonrisas. Nosotras no seremos hinchapelotas ni celosas. Nosotras seremos las copadas de la novela. A nosotras no nos importará lo que piense el resto. Y que no nos toquen con las cosas morales.

Tal vez ser todo eso ahora y yo, tal vez eso sea lo diferente, lo que cambia. Para ella también, porque estamos tan conectadas que nos pasa lo mismo al mismo tiempo.

La mejor manera de no ser perfecta, dijo, es pasándola bien.

Y que se vayan todos a cagar, de paso.