
Me como un pancho y pienso que mi ocupación favorita, la de imaginarme cosas imposibles, me trae demasiada ansiedad.
Después de leer aquel libro que me prestó Malú, me hago la que reconozco una cantidad de cosas imposibles de combatir, como cuándo como por nervios, cuándo como por ansiedad, cuándo como por hambre real (casi nunca.)
Odio estar tan adentro del promedio: quisiera ser una anoréxica convencida, de esas que no te comen nada, que tienen la fuerza de voluntad arraigada en la conducta, o bulímica, pero, Dios, por qué me diste este cerebro enroscado que nada más funciona clasificando y catalogando todo lo que quiere conocer? (las bulímicas están dentro del grupo “gente patética que no está en control de sí misma, y encima vomitan las hijas de puta”. Las anoréxicas, dentro del grupo “gente que por su estructura mental en general neurótica me cae bien pero a la larga son hinchapelotas y/o locas y/o débiles de mierda.” Dentro de este último grupo entran algunos drogadictos no-psicópatas.
Paso por delante de un grupo de obreros, sindicalistas, o algo similar, y me miran entre babosos y espantados. Esa chica con ropa de diseño, con el pelo casi largísimo y brillante, es linda o fea? No lo saben. En todo caso lo habrán decidido cuando yo me haya ido. Abren la boca, se les escapa un gesto de la cara que a mí me parece inmundo, como sacando un poco la lengua, Dios qué miedo les tengo, qué tipos más horribles, pero no dicen nada. Se quedan quietos mirando y siguen sin saber.
Siento que peso
Estoy sentada sola, al sol, mientras mis compañeritos de la colonia de la UOCRA (a la que mi papá me manda este verano porque es el director) juegan esas carreras de relevo o postas, que a mí me resultan agotadoras. Tengo seis años y parezco de 12, soy enorme, alta, dientuda, negra, gorda. (La profesora no me obliga a nada porque soy la hija del director, que por estos años se va perfilando como el más capo en Teoría del Juego de América Latina. En los 90, ingenuamente escribirá para la Ley de Educación de Menem y una Asamblea Docente de
Goyo pasa jugando al fútbol por al lado mío. Mierda, pienso. Me sorprendió mientras gesticulaba raro, porque me gusta jugar a que tengo aparatos en los dientes y que no me sale hablar bien. Es un juego para jugar sola.
Es la hora de la siesta, marzo, todavía no empezaron las clases. Mi abuela toma mate en la puerta de este lindo chalecito en la esquina de Cerrito y Victorica, en Bernal. Mi tía no está, mi primo todavía está vivo pero tampoco está. Yo teóricamente duermo en la cama gigante de mi abuela, hundida en el medio porque duerme sola rodeada de fotos de mi abuelo muerto. Mi papá toma la comunión en un retrato en el pasillo. Tengo ocho años y creo que es la peor edad. Este año me pusieron zapatos ortopédicos porque estoy gorda y se me están desviando las piernas para adentro. Yo me siento acompañada, porque a mi hermano –que es flaquísimo- también se los recetaron, pero por chueco, como si hubiera andado a caballo toda
Me levanto despacio y escucho que mi abuela conversa con alguien. La quiero mucho a mi abuela, porque ella me entiende. Y me entiende a un nivel infantil, o sea, me entiende. (No como los otros adultos, que me explican veinte veces que voy a estar bien, que no me preocupe, que voy a pegar el estirón, que es fácil hacer “régimen”.) Mi abuela me entiende porque sabe que estoy mal y sabe cómo solucionarlo: me da toda la comida que yo quiero, y ella come conmigo, y me cuenta de cuando era chiquita, y cómo mi abuelo le propuso casamiento en un baile de Racing, y cómo su mamá francesa y cocinera de profesión decoraba frutillas y cortaba pomelos con diferentes formas, y ella lo hace para mí, un pomelo enorme con puntas, lleno de azúcar, una frutilla metida en el medio de la que salen ramitas de un pino pequeño que ella cortó sabiendo que yo venía.
A la tarde, mi tía le cuenta a mi papá que me comí siete tomates durante






